Mallorca fue la última isla balear que visitamos. Quién nos iba a decir que nos quedaríamos atrapados por su belleza y volveríamos una y otra vez. Pero si pienso en un momento inolvidable en la isla, me quedo con navegar por el Cap de Formentor en llaüt: fue el flechazo definitivo.
Al pie de la Tramuntana, tras cruzar olivares y campos donde las ovejas pastan felices, llegamos a Ca’n Beneït: una finca con mucha historia reconvertida en agroturismo de lujo. Pero el lujo aquí no es ostentación ni exceso, es desayunar viendo el paisaje mientras escuchas los pájaros, son las servilletas bordadas y las notas al pie de la cama. El mimo en cada detalle convierte la estancia en una auténtica y reparadora desconexión.